La hormiga coja

Tiene la pobre hormiguita
apenas cinco paticas
la sexta le fue amputada
cuando intentó sin éxito
cruzar de un solo brinco 
la peligrosa quebrada
no murió
¡es cierto! 
pero como si lo hubiera hecho
porque de ahí en adelante y sin merecerlo
se ganó de un solo tiro
de los demás el desprecio
-¡qué la defectuosa
-qué la que se aladea
– qué la horrenda coja
le gritan las otras
mientras ella corre a donde su progenitora y sin consuelo llora
la hormiga vieja que a la sazón no es ninguna boba
pronto descubre la cura:
-querida hija de ahora en adelante –le dice- además de coja: fungirás de sorda!
-¿de sorda? 
replica la infanta pero sin tener mejor opción se aferrarse con fuerzas a la solución
!ah que hermoso es el amor materno que casi siempre resulta más sabio el consejo de una madre que ama que los conocimientos de todos los viejos recolectados en el más gordo de los cuadernos!
y así la cosa de inmediato funciona
y los días que siguen traen la esperada mejora
y el recuerdo de la humillación apenas si se conserva en un recóndito de la imaginación rincón
Pero un día, de esos que no debieran existir, en el comedor de la escuela, sin embargo, el suplicio retorna y la tranquilidad llega a su fin
y ahora a coro y sin misericordia las compañeritas a la pobre cojita esto le increpan:
– con nosotras: no comes
faltaría más que siendo normales
con una coja compartiéramos las frutas y los vegetales
tan grande es la ofensa 
y tan profundo el dolor
que nuestra amiguita se pone muy triste y en sollozos ahoga la voz
baja los hombros, deja caer la cabeza y con paso ligero abandona para siempre la escuela
mientras tanto y por similares procedimientos 
la colonia entera se divide
Ya nadie se habla, ya nadie se respeta
qué la que ve poco es una vulgar ciega
qué la que no tiene rabo es la más fea
qué la que no posee dientes es una despreciable mueca
después de un tiempo -no tan largo-
el insulto hueco y vacío se convierte en el permanente invitado
los buenos sentimientos son olvidados
y los valores, uno por uno, dejan de ser practicados
qué la de los ojos grandes es una ojona
qué la de las patas largas camina chueca
qué la de voz fuerte es gritona
y de todas partes llueven apodos
se ofenden de día y de noche
y de todos los posibles modos 
pasa el tiempo y la división se acentúa
hasta que en el cuento entra berreando la cacatúa 
-un oso hormiguero
-un oso hormiguero 
pero nadie escucha 
pues todas la hormigas dedican-se a la trifulca
-¡ay pobres futuras difuntas!
agrega la cacatúa y de la misma manera que chilló antes ahora permanece muda
-uhm, qué cuál me como primero
qué con cuál me almuerzo
y así, una por una, todas las hormigas de la tierra, van al estomago del oso cayendo…

¿pero que murmullo es ese?
¿qué lo que digo no es cierto?
y que esta -mi historia- no es más que otro de mis inventos?
Y a la afirmación sigue el argumento:
!qué porque hormigas se ven por todo lados!
y que por tanto no hubo la destrucción que narro…
pues bien, lo que dicen seria cierto
si no fuera porque todavía me faltan mencionar algunos versos
que si los escuchan con cuidado entenderán lo que digo 
asi que si no hay más interrupcion continuo:

después de haber comido a sus saciedad y deseo
cansado decidió el oso abandonar el ruedo
pronto las calles vacías alzaron su voz:
-¿qué es este estruendo qué forma el silencio?
tres hormigas sobrevivientes al tiempo dijeron:
la que no tenía rabo, la ciega que poco veía y la coja sin la sexta pata 
y a quienes en las primeras estrofas habíamos en su casa y para siempre guardado
tres afortunadas que de esta faena por obra del encierro se habían salvado 
y así las tres sobrevivientes garantizaron la continuidad de la especia
no sin antes decidir y para siempre
!qué a la criticadera y la ofensa no volvería su descendencia
y que -en cambio- todos se aceptarían como son y ayudarían para que la vida de cada uno fuera mejor
y es por eso mi querido y querida que escuchan, que hoy en día, cuando ven las hormigas todas en la laboriosidad se agrupan 
y que ninguna de ellas mira la paja en el ojo ajeno
y más bien se preocupa por sacar la viga que carga en el propio.

Por: Urías Velásquez (twitter @uriasv)

La maldición de la edad.

La vida es un tesoro que, sin embargo, no siempre resulta grato, sobre todo cuando la mayor ilusión es que se acabe. Y de esto los ancianos de Samaná sí que saben. Los hay solos porque los que tanto amaron los abandonaron, algunos con razón y otros sin ella. Los hay solos porque los seres queridos se fueron primero, pero también los hay solos porque nunca, durante su juventud, pensaron en el mañana.

Por Urías Velásquez /@uriasv

Obeida Cardona Tavares está sola, lleva 30 o 40 años en el ancianato de Samaná, da lo mismo, luce una balaca azul claro y se ve linda, sus arrugas y sus cabellos testifican que han pasado muchos años desde esos días nubados en que nació en Santa Rita, uno de los 170 corregimientos de Samaná.

Ya no recuerda muy bien a su padre, apenas balbucea un nombre cuando se le pregunta: “Hono… Honorio, será, ya no recuerdo”, luego se limpia una tira de saliva que le sale por un lado de la boca y sonríe, no cabe duda que es tierna, pero su memoria la ha abandonado. De su mamá no habla, se sabe que es Adela el nombre, pero de su apellido no hay pista alguna, debería ser Tavares, claro, pero Obeida insiste en que es Echeverry, tampoco importa.

A los pocos minutos de estar conversando con ella repite insistentemente: “yo no tuve novio, pero si quiere me caso con usted, ah, pero tiene que ser por la iglesia”, le aterra la idea del amancebamiento –vivir con alguien sin ser desposado-, no tiene problema en que no tenga dinero: “Si usted quiere yo vivo donde sea, le aguanto pobreza, y le ayudo con platica, pero eso si por la iglesia, no como Nohemi, mi hermana, que se voló con el novio así no más, y mi mamá se puso brava, muy brava”. Después se queda pensativa: “a no, no, fue Fanny, o mejor dicho; no sé, bueno pero no importa”.

Y es que la vida de Obeida o lo que le pase, o sus historias, poco le importan a nadie, menos a los habitantes del pueblo, que raramente van a ver a los ancianos, son unos 30, los hay muy viejos, de casi un centenar de años y los hay muy jóvenes con apenas algo más de medio siglo, pero es lo mismo, aquí estar en ese lugar es sinónimo de ser innecesario, de estar simplemente esperando la muerte.

“La juventud es distante y traicionera, nos impide ver la maldición que sobre cada uno se cierne, muestra valiente al que correrá de huida de los años. Hace ver linda una piel que será un cuero”, relata José Fernando Montoya mientras se quita el sombrero. “Es imitación, a mí me gustaban los Barbicios, pero con que alientos, son sombreros muy caros y yo no tengo dinero”. José llegó al ancianato hace poco tiempo, es el mayor de dos hermanos que quedan vivos, fueron en total 11, 4 de ellos mujeres, pero nueve ya murieron, unos por enfermedades pulmonares, otros por accidente y dos porque simplemente se cansaron de vivir. “no vivo con mi hermano porque ‘paque’, uno enfermo no sirve de nada”, me dice, mientras con su mirada comunica una nostalgia infinita.

A Fernando le gusta cantar, compone canciones y a fe que son buenas, pero ya nadie las quiere escuchar, es como si por ser viejos se perdieran los derechos a ser amigo, profesional, o padre. “Todas las personas te aíslan”, es la última expresión que dice, antes de prometerme que la siguiente vez que vaya a visitarlo, cantará una canción para mí, a cambio me pide llevarle unos cigarrillos, “uno debe dar lo que el otro quiere recibir, usted quiere mi historia y yo quiero unos cigarrillos, ¿cómo le parece el trato?”. Yo le sonrió para sellar el negocio.

Fernando no está cansado de vivir, tiene ilusiones y las comenta, pero en el fondo sabe que ya no hay tiempo, que todo lo que iba a tener, ya fue, quizás otras pensarían que simplemente espera la muerte pero no es verdad, la busca, sólo que ya no tiene fuerzas para encontrarla, “morirse no es el problema, el problema es cuándo”.

Los ancianos son seres vivos, con todos los atributos de cualquiera y con una experiencia significativa que se puede aprovechar, “los muchachos no viene por aquí, no vienen a que uno los aconseje, entonces pues les tiene que ir mal, porque o si no ¿cómo?”, dice Isabel Arias, madre de 13 hijos y poseedora de 89 años de experiencia. Sólo que el Alzheimer la mantiene prisionera en una celda muy pequeña, apenas le caben 4 nombres en la cabeza, sabe que son 13 hijos, pero tan sólo Fabiola, Ofelia, Ema y Rubiela, están en su mente. Los quiere a todos, y una lágrima se asoma cuando cae en cuenta que olvido los nombres. Pero lo duro no es que Isabel haya olvidado a 9 hijos, lo horrible es que a ella la olvidaron los 13, o al menos los que quedan vivos. Isabel sabe que murieron 5, o 6, de los demás no tiene ni idea, ni fotos, ni nada. “Me dejaron simplemente, como a un animal, dijeron que por el derrame era mejor que estuviera aquí”. Las lágrimas no la dejan seguir, como no nos dejan seguir a ninguno de los que la estamos escuchando, mientras en sollozos repite que fue buena madre, que nunca descuido a sus hijos. Pero de nada sirvió lo que hizo porque a Isabel hace 5 años que no la visita nadie.

La soledad es el mayor enemigo de los ancianos, los persigue en las mañana heladas, en las tardes aburridas y en la noches oscuras, no hay un sólo sitio en donde puedan escapar de ella. Cuando ven que un desconocido llega al ancianato, los rostros de los internos se trasforman de alegría, quieren saber de ese mundo allá afuera, quieren escuchar que no los han olvidado, que son importantes para alguien, quieren, aunque saben que en realidad no le importan a nadie, que son desperdicios para una sociedad desagradecida a la que ellos algún día entregaron todo, todo, incluso sus propias vidas.